Cuando la conocí estaba arrumbada en la azotea de mi recinto laboral. La veía con frecuencia, siempre media oculta por la jergas que Lucy colgaba en ella después de trapear. La recuerdo mojada, oxidada y con los cojines de los manubrios desgarrados por el olvido. Toño tenía una vida agitada y ella había pasado a formar parte de su pasado, sé que la extrañaba, se notaba en sus ojos cada vez que por accidente asomaba la llanta delantera y se cruzaba en su camino visual.
La primera vez que la monté se le salió la cadena, la segunda, un pedazo de pedal. Después de varios ajustes logré acomodar las vencidas velocidades justo en los engranes que mejor me acomodaban. Con las llantas bien infladas y una cadena nueva que le venía muy bien (estética y muy cómoda) me acompañó por aquí y por allá, hasta fuimos al cine a ver Harry Potter. A la escuela todos los días, un par de veces nos empapamos en la lluvia, ibamos de compras y a veces a pasear por el puro gusto de rodar.
Pero como siempre en este renacimiento, la impermanencia tomó lugar. Un día bajé con los audífonos puestos y el beat de Everclear a todo volumen para encontrar que ya no estaba ahí, ni su sombra, ni su bolsita, ni sus alambres chuecos. Se fué.
La extraño, no hay más. Particularmente cuando estoy en un autobús atiborrado, cuando ya se me hizo tarde para la escuela, cuando salgo sola…

Que bajoooooon. Sé que de estar en la misma situación me pondría loca, incluso en estos momentos creo que nada me pondría loca salvo la desaparición de mis hijitos; mi bicla y mi pequeña white of course.
Con la impermanencia aprendemos que las cosas se van pero queda claro que también aparecen, así que aparecera otra bicla y más chida (al parecer en eso no hay duda).
Uste siga con e beat..
Trajiste a conciencia más de un grato recuerdo con dos ruedas. Gracias. El sábado pasado Emilio me pidió que lo llevara al parque con su bicicleta pero que yo llevara la que está en mi casa. Se lo comenté a Angie quién se alegró y de inmediato me la ofreció. Surgió el problema de como hacer llegar dos bicicletas y un niño al parque. Pero hay que contar con Angie para que propusiera que el parque no es buena onda por exceso de usuarios y que la neta era el Fraccionamiento Campestre. Tuvo razón. Emilio y yo navegando sendas bicicletas comenzamos a explorar calles solitarias bajo un cielo encapotado con vientos intermitentes. Encontramos el hoyo 4 del campo de golf. Descubrimos a su lado un camino pavimentado para carritos de golf, idóneo para ir a la par al abrigo de árboles. Recorrimos unos siete hoyos en una hora de 75 minutos antes de volver victoriosos a la casa y hacer reparaciones a un pedal que se resistía a seguir tan pisoteada.
No faltó en la experiencia los comentarios para repetirla. Sin embargo sé que ya la tuvimos. Ya no está, fué el sábado.
Sufrimiento por impermanencia, después de todo, es lo mismo en cualquier ausencia. Aunque ojalá todo fuera tan simple como comprarse una nueva bicla ^^
Un abrazo!